Cena con Álvaro y Elvira en el restaurante Olmo


                         

Hace unos días Antonio y yo decidimos compartir experiencia con Álvaro y Elvira y fuimos a cenar al restaurante Olmo. Antonio se salió un poco del menú de la novela, es más carnívoro que Álvaro, y en vez de merluza de pincho con salsa de carabineros tomó carrilleras de cerdo ibérico estofadas al Pedro Ximénez, que estaban deliciosas. Yo, tan golosa como Elvira, con lo que más disfruté fue con el postre: tarta templada de chocolate Valrhona con helado de violeta, de lujo.

Efectivamente, como había adelantado Álvaro, el restaurante era muy arbóreo. Se llamaba Olmo[1] y tenía un auténtico olmo centenario incrustado, cuyas raíces y ramas recorrían techos y paredes por todas las salas, lo que le confería un ambiente muy singular. Había reservado una tranquila y apartada mesa en el acogedor salón principal, bautizado, como el resto de las salas, con el nombre de una especie de olmo: Ulmus glabra.

Para el primer plato eligieron lo vegetal: flores de alcachofas y de calabacín respectivamente, con intención de intercambiar y disfrutar de ambos platos florales. De segundo se decidieron por el mar, en vez de por la tierra, extraña elección, dados sus intereses profesionales: merluza de pincho con salsa de carabineros y bacalao al estilo Olmo con pil-pil y vizcaína, también para intercambiar. Como bebida, compartieron un vino blanco Tilenus Entrecuestas que pidió Álvaro, no podía ocultar su amor por la región leonesa, y la indispensable agua mineral con gas que encargó Elvira. Para ella, incorregible golosa, lo mejor llegó a los postres con una deliciosa tarta templada de chocolate Valrhona con helado de violeta; él, más sobrio, aunque algo comodón, escogió variado de fruta de temporada, pelada y preparada al momento.

Después se hizo un silencio entre ambos, cada cual paseaba su mirada por los diferentes rincones del salón: el delicado papel floreado y el tosco ladrillo de las paredes; las raíces y ramas del olmo que recorrían muros y suelos, enlazando arquitectura y naturaleza; los relucientes espejos de marcos dorados que multiplicaban destellos de luz; la almidonada y blanquísima tela de manteles y servilletas. Había mucho en lo que fijarse. Elvira consideró que, por el momento, ya había aportado suficiente información sobre sí misma y era el turno de Álvaro. Lo miró sonriente y expectante, invitándole a hablar.

 



[1] https://olmomadrid.com

 





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