Los dibujos de Elvira

―Has hojeado las láminas de la carpeta verde, ¿a que sí? ―preguntó sonriente y con aire distraído al tiempo que untaba mantequilla y mermelada de frambuesa en una tostada.

―Sí… ―respondió él con cautela―, espero que no te haya molestado, pero… ¿cómo lo sabes?

―Pues por la lazada, no es como la que hago yo ―respondió al tiempo que propinaba un buen mordisco a la tostada que había preparado―. ¿Te han gustado?

―Sí, muchísimo. Los dibujos son de una precisión botánica admirable, ya te encargaré alguno para una publicación que tengo en mente, bueno si puedes hacerlo, claro está. Y las acuarelas me han encantado, tienen una delicadeza exquisita.

―Muchas gracias, que opines así es todo un halago. ¿Cuáles te gustan más? ―preguntó con una sonrisa pícara de oreja a oreja.

―Me alegra mucho verte tan sonriente esta mañana, Elvira. Estabas muy apagada ayer por la noche ―respondió. Sus ojos rebosaban una ternura que ni podía ni quería ocultar.

―Bueno, será por el magnífico desayuno que has preparado. Además, tomar decisiones es algo que siempre me anima un montón.

Álvaro la miró un tanto sorprendido: «decisiones», había dicho. ¿Qué decisiones podía tomar de la noche a la mañana si no habían hablado de nada? Prefirió volver al tema de las acuarelas, era menos comprometido.

―Pues en cuanto a cuáles me gustan más, es difícil decirlo, todas son muy buenas: la hiedra, las amapolas ―dudó un poco antes de continuar― ¿Sería mucho pedir que me regalases alguna? Me gustaría enmarcarla y ponerla en el despacho, o en mi casa.

―Vale, sí. ¿Cuál querrías?

―Alguna de las amapolas, quizá. ―Se detuvo dubitativo.

―Bien… y ¿alguna más? ―preguntó con una sonrisa algo maliciosa. Sin saberlo, él mismo allanaba el camino para lo que se proponía espetar, sólo faltaba que llegase el momento adecuado.

―Bueno… ―titubeó antes de continuar―: ya que eres tan generosa… la composición con las cuatro especies de violetas es espectacular, la pondría en mi despacho de casa. Has captado de maravilla los distintos colores y tonos de los pétalos de esas cuatro especies de Viola.[1] Es una fabulosa obra de arte, además de ser fiel a sus características botánicas.

Álvaro la miraba sorprendido, confuso, sin saber qué decir. Después desvió la mirada, no sabía dónde meterse. Ella, siempre tan prudente, casi temerosa a la hora de expresar una opinión o sugerencia, había hecho una inesperada y rotunda declaración de principios e intenciones, y además lo miraba serena, sonriente, mientras mordisqueaba su tostada, como si sólo hubiese comentado que el café estaba delicioso.

 


[1] Viola kitaibeliana, V. odorata, V. palustris Vriviniana. Cuatro especies de violetas que se encuentran en la sierra de Guadarrama. (N. de la A.)

 

 

 

 

 

 


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